miércoles, 20 de noviembre de 2019

Maya Angelou sobre encajar

Moyers: ¿Siente que pertenece a algún lugar?
Angelou: Hasta ahora, no.
Moyers: ¿Siente que encaja con alguien?
Angelou: Cada vez más. Conmigo misma, quiero decir. De lo cual me siento muy orgullosa. Me preocupa sobre todo como miro a Maya. Me gusta mucho Maya. Me gusta el humor y la valentía. Y cuando me sorprendo actuando de un modo que no.. que no me satisface, entonces debo ocuparme de ello.




*En "Desafiando la tierra salvaje"; de Brené Brown

viernes, 15 de noviembre de 2019

Un fernet en el balcón

No alces la voz
Suspendé las pancartas
Deja a un lado los megáfonos
Guardá los micrófonos
Al menos por un rato
Y tomate una pausa

Contrario a lo que se piensa 
Vivimos en una época en la que hay que dejar de gritar
Nuestra tarea más urgente es aprender a susurrar.




miércoles, 13 de noviembre de 2019

I love this Oliver

Me gustan los paréntesis
las líneas punteadas
las lineas delgadas
y las paralelas.
Me gustan las cosas pequeñas
que significan
cosas grandes.
Me gusta el instante breve
que precede al amanecer.






viernes, 8 de noviembre de 2019

"Conjunto vacío"; Verónica Gerber Bicecci

Para olvidar a alguien hay que volverse extremadamente metódico. El desamor es una especie de enfermedad que solamente puede combatirse con rutina. Yo (Y) no lo sabía, lo descubrió mi instinto de supervivencia. Por eso empecé a buscarme actividades y a ponerles un horario. Me recostaba boca abajo sobre el gran tablón de madera toda la mañana y seguía el dibujo de una veta con un pincel lleno de pintura negra o blanca o gris. Dos o tres vetas por día, no más. Si intentaba pintar una cuarta me temblaba la mano y me salía de la raya. A veces tenía que usar un pincel de tres pelos, a veces una pequeña brochita. Era, sobre todo, un ejercicio de paciencia.
Mientras pintaba recordé a mi maestro de escultura del primer año de la carrera. Era japonés. Sus veinticinco años viviendo en México habían pasado en balde porque hablaba español como si acabara de llegar; es decir, casi no hablaba. Su mayor preocupación escultórica era que entendiéramos el ciclo de la vida. La primera clase nos llevó en metro a comprar cuatro gallinas a la Merced. En un bautizo pagano decidimos llamarlas Klein, Fontana, Manzoni y Beuys. Vivieron en una enorme jaula dentro del taller todo el semestre. Las sacábamos a pasear por los patios de La Esmeralda dos veces por semana, había turnos para darles de comer anotados en el pizarrón y algunos, no entiendo muy bien cómo, lograron encariñarse con ellas. Al final del semestre Mifusana Suhomi llegó con una olla gigante y mucho carbón diciendo que teníamos que matarlas. Se hizo un enorme silencio. Él mismo les torció el cuello y las desplumamos entre todos. Cocinó una sopa de la que todos teníamos que comer para completar el ciclo. Vida-muerte-vida, dijo. Nunca volví a comer algo igual. No sé si era buen artista, pero tenía madera de chef. Y aunque su español era endeble, utilizaba las palabras exactas, tal como lo haría un sensei. Dos fueron más que suficientes para entender algo tan esencial y complejo como que las cosas empiezan, luego terminan, y luego vuelven a empezar.
Su clase era de lo más extraña: nos mostró qué es y cómo se hace el yeso, en lugar de enseñarnos a usarlo para hacer moldes y vaciados. De dónde viene el mármol, en lugar de darnos un martillo y un cincel. Con la madera sucedió lo mismo: Pala hacel tabla tliplay, álbol gila dentlo de sacapuntas gigante, viluta de tlonco aplastada en glan plancha. En clase me enteré que las vetas de madera cuentan con detalle las aventuras de un período específico de tiempo del árbol. Me gustaba creer eso, que cada veta de mis tablas me contaba una historia distinta para no tener que pensar en la mía. El área de cada veta corresponde a un anillo del tronco, y cada anillo puede corresponder, aunque no exactamente, a un año de vida del árbol. Después supe que hay una ciencia que estudia eso. La dendrocronología puede calcular la edad de un tronco siguiendo, del centro haca afuera, el crecimiento radial de los anillos que se dibujan en él. Me hubiera gustado ser dendrocronóloga. Pero en las tablas de triplay no se ve la edad de un árbol. El gran sacapuntas giratorio rebana el tronco con un ángulo inclinado. Ese corte en diagonal lo desordena todo: en cada viruta hay distintos momento salteados de la vida del árbol, no hay una cronología lineal y mucho menos concéntrica. 
Mifusama Suhomi nos dio un lápiz y un sacapuntas a cada uno. Luego de varios intentos dijo: Viluta pelfelta, ahola ustedes. Tenía la forma de un cono. Algo muy parecido a eso que después se aplasta y se superpone para hacer una tabla de triplay. En el búnker tenía tres paneles de madera con el tiempo desordenado y superpuesto. Ojalá eso fuera posible: desordenar el tiempo. Me gustaría inventar una ciencia que investigue la forma en que una tabla de triplay desordena el tiempo. Sería útil mover de lugar el momento en que suceden algunas cosas, poner los finales al principio, por ejemplo (o en cualquier otro lugar). O el pasado en un futuro lo suficientemente lejano para que nunca lleguemos al momento de enfrentarlo. En este tipo de disertaciones se me iba la mañana. 

En el diálogo interior todas las palabras regresan como boomerangs. 







viernes, 1 de noviembre de 2019

"La pasión según GH"; Clarice Lispector

Estoy buscando, estoy buscando. Estoy intentando comprender. Intentando dar a alguien lo que viví y no sé a quién, no me quiero quedar con lo que viví. No sé qué hacer con eso, le tengo miedo a esta desorganización profunda. No confío en lo que me pasó. ¿Me pasó algo que yo, por el hecho de no saber cómo vivirlo, lo viví como si fuera otra cosa? A eso querría llamarlo desorganización, y tendría la seguridad de aventurarme, porque después sabría a dónde volver: a la organización anterior. A eso prefiero llamarlo desorganización pues no quiero confirmarme en lo que viví –en la confirmación de mí perdería el mundo tal como lo tenía, y sé que no tengo capacidad para otro.

Si me confiara y me considerara verdadera, estaría perdida porque no sabría dónde encajar mi nuevo modo de ser –si avanzara en mis visiones fragmentarias, el mundo entero debería transformarse para tener un lugar en él.
Perdí algo que me era esencial, y que ya no lo es más. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me imposibilitaba caminar pero que hacía de mí un trípode estable. Perdí esa tercera pierna. Y volví a ser una persona que nunca fui. Volví a tener lo que nunca tuve: sólo dos piernas. Sé que es sólo con dos piernas que puedo caminar. Pero la ausencia inútil de la tercera me hace falta y me asusta, era ella la que hacía de mí algo encontrable por mí misma, y sin ni siquiera tener que buscarme.
¿Estoy desorganizada porque perdí lo que no necesitaba? En ésta mi nueva cobardía –la cobardía es lo que de más nuevo ya me aconteció, es mi mayor aventura, esta mi cobardía es un campo tan amplio, que sólo una gran valentía me permite aceptarla–, en mi nueva cobardía que es como despertar en la mañana en la casa de un desconocido, no sé si tendré el valor de simplemente andar. Es difícil perderse. Es tan difícil que probablemente encontraré rápido un modo de hallarme, aunque hallarme sea de nuevo la mentira de la que vivo. Hasta ahora encontrarme era ya tener una idea de la persona y adherirme a ella: en esa persona organizada me encarnaba, y no sentía el gran esfuerzo de construcción que era vivir. La idea que yo me hacía de la persona provenía de mi tercera pierna, de aquella que me sujetaba al suelo. Pero, ¿y ahora? ¿seré más libre?
No. Sé que todavía no estoy sintiendo libremente, que estoy pensando de nuevo porque tengo como objetivo encontrar –y que por seguridad llamaré encontrar al momento en que encuentre una forma de salir. ¿Por qué no tengo el valor de encontrar sólo una forma de entrada? Oh, sé que entré, sí. Pero me asusté porque no sé a dónde conduce esa entrada. Y nunca antes me había dejado llevar, a menos que supiese para qué.


viernes, 13 de septiembre de 2019

"Barreras y límites"; Liz Greene

Empleamos el término defensa de un modo muy negligente e inapropiado. Cuando le decimos a alguien que actúa a la defensiva, la mayoría de las veces lo que en verdad queremos decir es que no ve las cosas a nuestra manera. Cuando los terapeutas les dicen a sus pacientes o clientes: “Usted está a la defensiva”, podría traducirse como: “No acepta mi interpretación de lo que siente o de su sueño”. Por cierto que hay defensas que se tornan destructivas en el trabajo terapéutico, porque son tan herméticas o rígidas que hacen imposible un diálogo honesto; pero, cuando esas defensas se despliegan, tienen una buena razón a los ojos del paciente –e incluso del terapeuta– y siempre debemos respetar la vulnerabilidad del individuo que se mantiene a la defensiva en la terapia, aunque debamos ayudarlo a alcanzar una relación más abierta y flexible. Si le decimos a un ser querido: “Estás a la defensiva”, lo que realmente queremos decir es: “No me estás dando lo que quiero”. Es parecido al uso que le damos al término egoísta; lo blandimos como un arma cuando alguien osa –al decir de Ambrose Bierce– creer que es más importante que nosotros. Entonces, antes de continuar con este tema, pienso que debernos resistirnos a la tentación de usar el término defensivo como un insulto a esas personas que no responden de la manera en que pensamos deberían hacerlo.
Un enfoque un tanto más elaborado del tema de las defensas sería considerar que, de muchas maneras, ellas son definiciones instintivas de lo que más necesitamos y valoramos, como individuos y como grupo. Si queremos entender cómo funcionan las defensas en términos de una carta astrológica, primero debemos reconocer este hecho fundamental. Nos defendemos para proteger lo que amamos y necesitamos, para nuestra supervivencia física o psicológica. La comprensión de las defensas nos brinda la clave de aquello que tiene el mayor valor para cualquier ser viviente, ya sea en un ámbito puramente instintivo o en uno más consciente. No defendemos lo que no nos importa. Sólo defendemos lo que nos resulta más significativo, aquello que no nos pueden arrebatar porque sin ello no podríamos vivir.

(...)

A lo largo de la vida, las defensas de nuestra personalidad siempre estarán relacionadas con lo que más nos importa y necesitamos. Si bien podemos descubrir que las experiencias dolorosas o las privaciones de algún tipo exageran o encienden el mecanismo de defensa, ese mecanismo es un aspecto saludable de la personalidad en su conjunto. No nos ponemos a la defensiva porque nos han privado de algo que, en principio, nunca quisimos; sólo experimentamos dolor si somos vulnerables, y sólo somos vulnerables si necesitamos algo y nos amenazan con la negación de eso que nos hace vivir. La manera de definir nuestras necesidades de supervivencia interna varía de un modo inconmensurable. Lo que digo debería ser obvio; sin embargo, a veces nos resulta difícil entender que las defensas de los demás pueden ser totalmente apropiadas para ellos, pero incómodas para nosotros, si nuestras propias necesidades chocan con esas defensas.
Para emplear un ejemplo astrológico simplista, una persona con el Sol, la Luna, Júpiter y Plutón en conjunción en Cáncer, tal vez necesite reconocer la validez de las defensas emocionales de su pareja o de su hijo con el Sol en Acuario en trígono con una conjunción Luna-Saturno-Urano en Géminis. A los individuos de signos de agua, estas defensas quizás les resulten frías, insensibles y egoístas y, por lo tanto, “patológicas”. Sin embargo, para la naturaleza de aire quizás sean absolutamente necesarias para asegurar la intimidad, el equilibrio emocional y la tan necesaria protección para no sentirse abrumada o invadida por las exigencias de los demás. Según sea su propio horóscopo y naturaleza individuales, el astrólogo o consejero puede tomar partido por el cliente de un signo de agua y declarar que las defensas de la persona de un signo de aire son destructivas para la relación, y que el individuo necesita terapia para curar su problema. Pero también podríamos argumentar que las necesidades de los signos de agua son en sí mismas una defensa contra el temor a la soledad, y que también necesitan una cura. Esta es una de las razones por las que siento que debemos ser muy cuidadosos en la manera en que usamos y entendemos el término defensas. Lo que constituye una amenaza para la vida en una persona, tal vez no lo parezca en otra, y no hay nadie –aunque tenga muchos conocimientos astrológicos o psicológicos– que esté en posición de decidir por los demás, independientemente de que los mecanismos en un área particular de la vida personal sean “normales” o “anormales”. Cuando las defensas se tornan extremas y se expresan mediante un comportamiento destructivo hacia uno mismo y los demás, tendremos que hacer todo aquello que sea necesario para tratar de rectificar la situación. Pero tal vez precisemos abstenernos de la placentera indulgencia de la certidumbre moral.
Todo terapeuta que tiene experiencia en trabajar con personas, reconoce –como ya lo señalé– que nunca deberíamos intentar romper las defensas de un paciente sólo porque pensamos que no deberían estar allí. Lo mismo se aplica al astrólogo. Dichas defensas existen por una razón y quizás sean absolutamente necesarias para el cliente –al menos durante algún tiempo– porque protegen algo muy vulnerable, que el propio terapeuta quizás no considera importante en lo personal. Las defensas deberán abordarse siempre con mucho respeto, porque están muy adaptadas a la psique individual y a las necesidades de supervivencia del individuo.




viernes, 28 de junio de 2019

"Relaciones humanas"; Liz Greene

Si el niño, que lleva dentro de sí las imágenes arquetípicas de la madre y del padre simbólicos, en vez de encontrar solicitud y estabilidad, tropieza con una mezcla desordenada e inconsciente de caos, hostilidad, agresión, violencia, destructividad y envidia, será muy comprensible que exhiba rasgos "neuróticos", que en una u otra forma se perpetuarán en la edad adulta. Y con demasiada frecuencia, los padres de un niño así lo llevarán a la consulta del analista, o incluso del astrólogo, para preguntar por qué está tan perturbado, y qué se puede hacer para "curarlo". Esto pone al profesional consultado en una situación dificilísima. No son muchos los padres (especialmente si son concienzudos) a quienes les gusta que les digan que son ellos, y no sus hijos, los que necesitan acudir a la consulta del psicólogo.Y sin embargo, a conciencia, eso es lo único que es posible responderles.
¿Qué sucede, entonces, si inconscientemente -a pesar de todos sus esfuerzos conscientes y de todas las apariencias- una madre no se conforma con el hecho de haber tenido un hijo, o si habría querido desesperadamente que fuera del otro sexo, o si hay, profundamente sumergida en ella, una necesidad de poder que jamás ha encontrado expresión en virtud de las exigencias de la sociedad y de su propia educación? La madre arquetípica, plena de ternura, compasión, simpatía, solicitud y afecto, entra violenta y discordantemente en conflicto con la percepción que tiene el niño de la madre real, que quizá no sea ninguna de esas cosas. Se constelará entonces la faz oscura del arquetipo -ya que todos los arquetipos son una dualidad de oscuridad y luz- y como resultado de ello, la madre se convertirá en devoradora, bruja, dragón destructor, castradora. Además, la propia disposición del niño, que lo lleva a ser más o menos sensible al abismo existente entre su madre y la Madre, viene a colorear las reacciones del pequeño ante dicho abismo. Si el niño es varón, cabe que nos preguntemos de qué manera resultarán afectadas sus actitudes inconscientes hacia las mujeres. ¿Cómo se verá influida la constelación del anima, la imagen subterránea de la mujer que el varón lleva consigo? Y si es una niña, ¿qué sucederá con el afloramiento de su propia femineidad, si está pautada sobre el modelo de una madre semejante? Si inconscientemente, la madre teme o desprecia a los hombres, ¿qué efecto tendrá esto sobre la imagen inconsciente que la hija llegue a tener de ellos?
Si no hay un padre con quien el niño pueda relacionarse de alguna manera, ¿qué habrá de proporcionarle un símbolo de fuerza! dcterminacicín y apoyo? En esas condiciones, un niño puede estar influido solamente por la visión que tiene la madre del padre ausente, imagen que, si el matrimonio ha fracasado, estará probablemente muy deformada. Otra alternativa es que el niño se vea frente a una madre que intenta hacer de padre y que asume el rol masculino. La imagen que en su fantasía se crea un niño en ausencia de su padre asumirá inevitablemente proporciones gigantescas, porque no sólo la naturaleza aborrece el vacío, sino también la psique; y donde exista un vacío personal, éste se verá inundado por los arquetipos. Por otra parte, si está presente, el padre también ejercerá una influencia mediada por la parte inconsciente de sí mismo. Si está frustrado y dominado por su mujer, ¿qué efecto tendrán sobre el niño su cólera y su amargura inconscientes? Si es incapaz de reconocer o de expresar sus sentimientos, ¿cómo afectará ello a la confianza del niño en el poder de unión y de reparación del amor? Nada que no haya sido vivido muere; pero lo que no haya sido vivido por el padre puede vivir una vida secreta en el inconsciente del hijo, y en esa medida, convertirse para él en ''destino''.
Se trata de cuestiones bastante simples, y las respuestas son más bien obvias. Lamentablemente, son cuestiones que por lo común no se formulan hasta la edad adulta, y entonces las respuestas llegan ya demasiado tarde. Pero además de todas estas cuestiones, se ha de plantear otra, y es: ¿qué espera, inconscientemente, el niño del padre? En tiltima instancia, quizá no podamos hacer otra cosa que lo que nos sugiere el I Ching, y trabajar sobre lo echado a perder. .. aceptando siempre nuestra parte de responsabilidad.
Hay una fase sumamente incómoda por la cual debe pasar inevitablemente el individuo como parte de su evolución, una fase en que descubre la ambivalencia en la emoción que siente hacia sus padres, y en que reconoce los elementos más oscuros y más destructivos que hay en su relación con ellos.
Esta fase se caracterizará por consiguiente por un resentimiento natural y -en cierto sentido- completamente justificado, que se expresa en forma de recriminaciones que, con el reconocimiento incipiente de "lo que han hecho conmigo", irrumpen coléricamente en la conciencia. Sin embargo, esta fase es sólo un aspecto preliminar del trabajo que se ha de realizar. Es como un absceso donde se reúnen todas las toxinas que hasta entonces han circulado, infectándolo, por todo el cuerpo. Y la ventaja de un absceso es que al abrirlo con un bisturí, se puede hacer drenar los venenos, dando así al cuerpo oportunidad de curarse.
Cuando el resentimiento y la recriminación disminuyen, uno va dándose cuenta gradualmente de que lo que le "hicieron" los padres sucedió hace ya muchos años, y de que es solamente uno el que ha permitido que los fantasmas siguieran con vida en la psique, alimentándose de uno mismo y, desde su propio submundo, condicionando y dirigiendo sus opciones. A medida que un individuo comienza a ver que él mismo ha investido a ciertas de un poder perdurable, puede ir desenmarañándose de ellas; y reconocerá también que muchas cualidades poco atractivas de su propia naturaleza, que antes había atribuido a la influencia de los padres, en realidad le pertenecen. Y además, al ir cultivando la compasión por su propia oscuridad, comenzará a sentir compasión por la oscuridad que hay o había en sus padres. Estos emergerán ahora no como monstruos sino, por así decirlo, como seres humanos, purificados; y a los dones de amor y lealtad de ellos recibidos, por pequeños que sean, se les acordará el reconocimiento debido. Así el hijo da nuevo nacimiento al padre, y al mismo tiempo, toma conciencia de la energía más profunda que se alza por detrás de la figura parental y que constituye su propia y verdadera fuente. Al liberarnos, liberamos a nuestros padres. Sólo de esta manera podemos verdaderamente honrarlos rindiéndoles el honor que a todo ser humano se debe. Y esto es muy diferente de un homenaje hecho de labios afuera, a partir de una carga de culpa y con el corazón lleno de un resentimiento secreto que hacemos pagar a nuestros hijos y a nuestra pareja.
También es menester considerar aquí el problema del choque entre los tipos psicológicos, que aun sin ser "culpa" de nadie, puede crear desorientación y confusión al provocar el rechazo inconsciente de los valores más preciados por el otro. Como cada uno ve lo que es más capaz de ver, es probable que el padre de tipo pensante subestime los sentimientos del niño sentimental; que al padre de orientación sensorial le asusten las percepciones del niño intuitivo; y en muchas familias, al niño se lo convierte en portador de la sombra proyectada del padre -del animus o el anima- independientemente de que su temperamento sea o no adecuado para ello. De la misma manera que los niños proyectan los padres arquetípicos sobre sus padres reales, también éstos proyectan el niño arquetípico -la vida nueva, llena de posibilidades creativas- sobre su progenie. Cuando así sucede, es probable que la imagen del niño quede teñida por la inferioridad secreta del padre: el impulso oculto, la ambición clandestina, a los cuales jamás se les ha permitido el acceso a la conciencia. ¿Cuántas madres, que se esfuerzan por no salirse de la actividad doméstica y se mantienen fieles al mundo del sentimiento y de la relación, no albergan inconscientemente ambiciones del animus que proyectan sobre un hijo, haciéndolo depositario de su esperanza de que se convierta en genio intelectual, prodigio creativo u hombre de éxito? En casos así, la voluntad de poder se oculta tras la máscara del amor. En nombre de "lo mejor para él", la madre comete una violación psíquica del hijo, y después se echa atrás, atónita, cuando él se rebela violentamente o se refugia en un comportamiento "anormal". En otros casos el niño, en su desesperada necesidad de amor, puede él mismo modelarse ajustándose a la proyección del padre; puede pasarse media vida tratando de ser el prodigio que se espera que sea, cotejándose con normas de perfección que son sobrehumanas y a las que, por consiguiente, jamás puede llegar. Y no es sorprendente que así los sucesivos fracasos engendren un profundo sentimiento de incapacidad y de culpa. En la edad adulta el hombre tendrá que enfrentarse finalmente con el demonio que lo ha impulsado, tendrá que reconocer que no es su propio demonio, pero también que él lo ha aceptado como propio, y al aceptarlo se ha condenado.
Los hijos son un vehículo estupendo para que muchos padres vivan, por su mediación, los aspectos no vividos de su propia psique; y esto puede ocurrir incluso cuando los elementos no vividos son aborrecidos por los valores conscientes del padre. Es probable que el padre ambicioso y triunfador tenga un hijo derrochador o afeminado, o que la hija de una madre casta y gazmoña sea promiscua. En este caso cabe preguntarse de quién es el afeminamiento, de quién la promiscuidad. A ambos les pertenece. ¿A cuántas madres no lleva la juventud perdida, o las oportunidades desaprovechadas, a tener celos de sus hijas? ¿Cuántos hombres no están celosos de sus hijos o se sienten amenazados por ellos? ¿Cuántos padres desean a sus hijas, cuántas madres a sus hijos? Sí, a Edipo el deseo lo empujó hacia Yocasta, pero también ella lo animó, y voluntariamente lo llevó a su lecho. Sobre estas cosas sólo podemos hacer conjeturas, hasta que nos encontramos con que están dentro de nosotros mismos; y en el descenso hacia esas eróticas profundidades, todo se va haciendo cada vez más oscuro. Y sin embargo, en medio de esa oscuridad, dentro del laberíntico cenagal de pantanos y arenas movedizas, hay -por decirlo así- una flor que ha hundido en él sus raíces y que resplandece como un talismán. Es el carácter ilimitado de las posibilidades latentes en el seno de la naturaleza humana, un potencial infinito que abarca amor, compasión, simpatía y misericordia, un sentimiento de la continuidad de la vida y de la nobleza del alma. Algo que lo obliga a uno a reconocer que, de haber sido uno mismo su propio padre, con las angustias, las necesidades, los conflictos, los sueños y las aspiraciones de éste, quizás habría sido culpable de las mismas cosas que en él condena. Los "pecados" de nuestros padres -por comisión tanto como por omisión- bien pueden haber caído sobre nosotros; pero siempre nos queda la opción de transmutar la maldición en bienaventuranza. Las pautas de la psique, reflejadas por las pautas de la carta natal, nos hacen pensar que hemos escogido todas aquellas experiencias que nos "suceden". Y lo que escogemos es en algún sentido apropiado y necesario, aunque en ocasiones al yo pueda dolerle, escandalizarlo, confundirlo o parecerle frustrante o destructivo ... por lo menos, mientras no lleguemos a poseer la penetración suficiente para discernir su significado y su coherencia en la configuración total de nuestras vidas.