Uno ya no tiene... susceptibilidad, y además ya no se lleva ninguna decepción fundamental, vaya. Quiero decir que uno ya no... uno es mucho más desinteresado, cómo diría: uno quiere a la gente, de veras, por sí misma... Yo tengo la impresión, por ejemplo, de que la vejez afina la percepción: de las cosas que antes no habría visto, de las elegancias a las que no me había mostrado sensible –yo las veo mejor, porque miro a alguien por sí mismo, casi como si para mí se tratara de llevarme una imagen, un percepto, de extraer de él un percepto: todo eso hace de la vejez un arte. ¡Y los días pasan a tal velocidad! Con su escansión, el cansancio –pero el cansancio no es una enfermedad, es otra cosa. No es ni la muerte, ni la... es, una vez más, la señal del final de la jornada. Ahora bien, claro que hay angustias con la vejez, pero se trata de evitarlas, de conjurarlas. Es fácil conjurarlas, es un poco como con el coco: no hay que quedarse –o como con los vampiros, que por lo demás me encantan, como... no hay que quedarse solo por la noche, cuando empieza a hacer frío, porque uno es demasiado lento para salir del apuro. No, no hay que hacerlo, hay cosas que evitar, etc., pero... Y luego, lo maravilloso es que la gente te abandona, la sociedad te abandona, y eso, ser abandonado por la sociedad, es tal felicidad. Y no es que la sociedad me haya tenido muy enganchado, pero alguien que no tenga mi edad, o que no se haya jubilado, no puede figurarse la alegría que supone verse abandonado por la sociedad... Claro, cuando oigo a algunos viejos quejarse, bueno, son de aquellos que no soportan la jubilación, y desde luego no sé por qué: no tienen más que leer novelas, al menos descubrirán algo; no soportan, o... no creo en los jubilados que se... –salvo, tal vez, en el caso de los japoneses– que no pueden estar sin hacer algo. Quiero decir: es una maravilla, sí, te abandonan, y qué... o basta sacudirse un poco para que caigan todos los parásitos que has tenido en la chepa toda la vida. Caen: ¿y qué queda a tu alrededor? Tan sólo gente a la que quieres, sólo gente a la que quieres y que te soportan, que te quieren también cuando te hace falta: el resto te ha abandonado. Y aun así, cuando hablo, como yo, en ese momento, se hace muy duro cuando algo te alcanza. Yo no soporto, ya no tengo más que... ya no conozco la sociedad sino a través del recibo de la pensión todos los meses. Es algo –si no sé que soy un completo desconocido de la sociedad. Entonces, la catástrofe llega cuando hay alguien que cree sigo formando parte de ella, y que me pregunta... es algo completamente diferente, porque lo que estamos haciendo en este momento forma parte hasta tal punto de mi sueño de vejez... pero a quién me pide una entrevista, una conversación y todo eso, me dan ganas de decirle: «No, la cabeza ya no me funciona, ¿no estás al corriente de que soy viejo y de que la sociedad me ha abandonado?». Pero se está bien, te lo aseguro.
dijiste. si tiene que pasar. el destino nos hará volver juntos. durante un segundo me pregunto si de verdad eres así de ingenuo. si realmente crees que el destino funciona así. como si viviera en el cielo y nos mirara desde arriba. como si tuviera cinco dedos y pasara el tiempo colocándonos como piezas de ajedrez. como si no fueran las decisiones que tomamos las que. quien te enseñó eso. dime. quién te convenció. te han dado un corazón y una mente que no te corresponde usar. tus acciones no definen quién serás. quiero chillar y gritar somos nosotros, idiota. somos los únicos que podemos hacer que volvamos. pero en vez de eso me siento en silencio. sonrío tímidamente a través de mis labios temblorosos y pienso. es trágico. cuando puedes verlo con tanta claridad pero la otra persona no lo hace.
Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor. Adolescente, joven, viejo: siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor. En cuanto sepas que tienes delante de ti un tiempo baldío, ve a buscar al amor. No pienses: "Sufriré". No pienses: "Me engañarán". No pienses: "Dudaré". Ve, simplemente, diáfanamente, regocijadamente, en busca del amor. ¿Qué índole de amor? No importa. Todo amor está lleno de excelencia y de nobleza. Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas... pero ama siempre. No te preocupes de la finalidad de tu amor. Él lleva en sí mismo su finalidad. No te juzgues incompleto porque no responden a tus ternuras: el amor lleva en sí su propia plenitud. Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor.
¿Cree que la filosofía debe cambiar la vida del filósofo y, eventualmente, la de sus lectores?
Un pensamiento que no cambia la vida del lector es un pensamiento cosmético. Por desgracia, hay un mercado para este tipo de publicaciones inofensivas. Por mi parte, creo que, en el espíritu de la filosofía antigua, la filosofía es la conversión de la existencia después de la unión con un pensamiento.
¿Hay algo equívoco cuando se habla de hedonismo?
Por supuesto. Cuando se habla del placer, cada uno piensa en su propio placer. Y para la mayoría, rara vez es un territorio refrenado y feliz, sereno y apaciguado, calmo y alegre. El placer al que yo invito es el ascetismo y el despojamiento: no una vida ascética, sino una vida en la que el tener está ahí, pero no cuenta para nada. Bien se podría no tener nada. Hace falta el desapego. No: no tener, no ser poseído por lo que tenemos. No tiene nada que ver con el goce desenfrenado, el consumismo sexual, la conquista de mujeres por una noche, el libertinaje trivial, etc.
¿Cómo pensar, muy en breve, nuestra relación con el mundo?
Me pregunta por lo que me ha tomado cientos de páginas desarrollar… Para ser breve, es necesario saber que no somos sino un fragmento de un gran todo, que admitir la necesidad nos hace ser sabios y esta sabiduría trae la paz.
¿Cuán importante es la reputación de un filósofo?
La reputación es a menudo la suma de malentendidos que se acumulan en nuestra cuenta. No es nada. Lo que importa, en cambio, es vivir bajo la mirada de la gente que se ama o de la gente que se amó y que está muerta, teniéndolos por testigos de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que decimos. Esta es la única reputación que me importa.
La Luna, en cuanto cualidad energética, prosigue con su ritmo natural, reapareciendo a lo largo de la vida adulta en contextos nuevos e integrados al conjunto de la carta. Pero la conciencia, fijada en la manifestación de esta cualidad en los primeros estadios de su experiencia, la habrá reducido a un mecanismo psicológico en el que se refugia toda vez que los acontecimientos superan su umbral de seguridad emocional. Si un empresario —aparentemente exitoso y maduro— atravesara por una quiebra, sería absolutamente lógico y saludable que buscara el contacto con su familia y sus afectos, para encontrar consuelo y sostén emocional en una situación difícil. Aquí estaría representada la energía lunar en integración positiva con las restantes del sistema, en tanto patrón de contención y pertenencia. Sería más extraño, por cierto, que para consolarse fuera a buscar a su madre, habiendo ya construido en su vida un entramado emocional maduro y diferenciado, aunque podamos suponer que en una situación de máxima crisis, la persona anhele el consuelo de su afecto más primario. Pero lo que sí ejemplificaría el mecanismo es el caso en el que este empresario, rechazando todo otro vínculo que no fuera la presencia de su madre, se encerrara en la casa de ésta negándose a salir, en la convicción de que la sola presencia materna habría de resolver sus dificultades.
Aunque parece una exageración, esto es lo que sucede habitualmente con nuestra Luna, sin que lo advirtamos: la identidad integrada que — como el pollito— salió del cascarón lunar para continuar creciendo, en realidad permaneció adherida a él. Apenas, en el campo energético, una dinámica particular afecta aquello que tenemos connotado como seguro, nos retraemos en busca de lo más conocido —la Luna— de un modo tan absurdo como el de un pollo que busca meter la cabeza en el huevo cada vez que se siente amenazado, en la creencia de que así estará protegido.
Esto es lo que llamamos mecanismo lunar y es fundamental que lo distingamos de la cualidad lunar y sus talentos. El mecanismo lunar es la repetición regresiva de una matriz imaginaria de seguridad.
Aquella cualidad que sirvió como protección y nido afectivo en la infancia, simplemente ya no cumple esa función, porque las condiciones han cambiado. Sin embargo, la inercia del hábito imagina su repetición y recorta la realidad para convencerse de que ese escenario aún es posible. Por eso, es falsa la seguridad que su perpetuación ofrece y de esta ilusión surgen innumerables conflictos de destino; de cualquier manera, esto se produce en nosotros, en forma casi inevitable. Es todo un aprendizaje disolver la autonomía de la memoria lunar que se proyecta inconscientemente sobre el mundo, para poder vivir en forma integrada las cualidades de nuestra Luna.
Así como distinguimos —en diferentes órdenes de realidad— patrones de despliegue energéticos que constituyen las matrices básicas de la astrología, también debemos descubrir el modo a través del cual el ser humano reacciona ante ellos, configurando patrones de respuesta que, al tender a fijarse, producen sufrimiento y la repetición sistemática de secuencias de acontecimientos (destino).
Uno de nuestros patrones de respuesta más importantes es el mecanismo lunar; comprenderlo es fundamental, para diferenciar entre aquello que la matriz energética expresa y el modo en el que la conciencia queda atrapada por una trama de reacciones y proyecciones.
El segundo modo del retorno del pasado no es en nuestra memoria, sino en actos, en los actos esenciales de nuestra vida. ¿Qué es psicológicamente lo que nosotros repetimos? Lo que repetimos se produce en los actos esenciales de nuestra vida, esos actos son fundamentalmente la repetición de amar y de sufrir la pérdida o la separación. Si ustedes me preguntan qué es lo que se repite en nuestra vida desde el punto de vista psicológico, lo que se repite es nuestra manera de amar, nuestros compromisos afectivos con un ser amado, con una cosa amada (una casa un país, un lugar) o con un ideal amado. Nosotros repetimos una manera de amar y repetimos también una manera de separarnos, de perder aquello que amamos. Lo que repetimos son siempre actos ligados al amor o actos ligados a la separación. Así, cada retorno en acto de un pasado feliz en el que hemos amado o de un pasado doloroso en el que hemos sufrido una pérdida, es indiscutible que cada acto esencial de nuestra vida es un acrecentamiento de nuestro ser; cada vez que nos separamos –supongamos que nos separamos dolorosamente por una pena de amor o, al revés, nos comprometemos en una relación feliz- , cada vez que hay algo esencial que marca un pasaje de un desafío, de una prueba, nuestro ser crece y cada acto es una nueva capa que se añade y se funde con las antiguas capas que constituyen la base de nuestra personalidad.
En efecto, ¿qué somos, qué es hoy nuestro Yo, sino la sedimentación de todos los retornos en acto de un pasado intenso, ya sea feliz o doloroso? Enteramente, nuestro pasado nos sigue en cada instante; lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestro primer despertar, incluso desde nuestra vida embrionaria, está aquí presente en el instante actual. Nosotros somos nuestro pasado en acto. Nosotros somos nuestro inconsciente en acto, un inconsciente que se confunde con el pasado, un inconsciente que no está detrás de nosotros sino en nosotros.