lunes, 22 de octubre de 2018

Canuto

Aunque la tristeza tiene el aroma de lo interminable y de lo inentendible, no te das una idea de lo que agradezco que hayas estado en mi vida.
Canceriano, peronista, jugador de rugby, Lopez de apellido (pero Salvadores de pura cepa), porteño de ley, contador de historias, hincha fanático de River, amante eterno del escarabajo Vokswagen, noble, íntegro, y fundamentalmente mi super-héroe favorito.
No te fuiste Canuto, te hiciste leyenda.



lunes, 10 de septiembre de 2018

Monet sobre la necesidad del amor

Todo el mundo discute mi arte y pretende entender como si fuera necesario entender, cuando es simplemente necesario amar.





*Nothing you can make that can't be made
 No one you can save that can't be saved
 Nothing you can do but you can learn how to be you in time
 It's easy

lunes, 3 de septiembre de 2018

"La invención de la soledad"; Paul Auster

La invención de la soledad. O historias de vida o muerte.

La historia comienza al final. Hablar o morir. Y mientras uno siga hablando, no morirá. La historia comienza con la muerte. El rey Schahir ha sido engañado por su esposa: “y no dejaban de besarse, abrazarse, tocarse y emborracharse”. El rey se aleja del mundo y jura no volver a sucumbir a las artimañas femeninas. Más tarde, al regresar a su trono, satisface sus deseos poseyendo a las mujeres de su reino y, una vez satisfecho, las manda ejecutar. “E hizo esto durante tres años, hasta que la tierra se quedó sin jóvenes casaderas y todas las mujeres, las madres y los padres lloraban y gritaban en contra de su rey, maldiciéndolo y quejándose al creador del cielo y de la tierra, y suplicando ayuda a Aquel que escucha y responde a las plegarias de aquellos que lo invocan; y aquellos que tenían hijas huyeron con ellas, hasta que no quedó una sola chica soltera en la ciudad.”
Entonces, Scherezade, la hija del visir, se ofrece para entregarse al rey (“Su memoria estaba llena de todo tipo de versos, cuentos, leyendas, además de dichos de reyes y eruditos y era sabia, prudente y bien educada”). Su padre, desesperado, intenta disuadiría pensando que se encamina a una muerte segura, pero ella permanece impasible: “Cásame con este rey, pues o bien seré el medio para salvar de la muerte a las hijas de los musulmanes, o pereceré como han perecido otras”. Se va a dormir con el rey y pone en práctica su plan: “contar... historias encantadoras para velar su sueño...; yo seré el instrumento de mi salvación y de la liberación del pueblo de esta calamidad, y gracias a mí el rey cambiará su costumbre”.
El rey acepta escucharla y ella comienza su relato, que es un cuento sobre la narración de cuentos, una historia con varias historias dentro, cada una de ellas acerca de la narración de cuentos, gracias a la cual un hombre se salva de la muerte.
Comienza a despuntar el alba y en la mitad de la primera historia dentro de otra historia, Scherezade se queda callada. “Esto no es nada en comparación con lo que te contaré mañana por la noche -le dice-, si me dejas vivir.” Y el rey se dice a sí mismo:
“Por Alá que no la mataré hasta que escuche el resto del cuento”. La joven continúa así durante tres noches, dejando los cuentos inconclusos y haciendo referencias a la historia del día siguiente, donde ha acabado el primer ciclo de cuentos y donde comienza uno nuevo. En realidad, es cuestión de vida y muerte. La primera noche, Scherezade comienza con “El genio y el mercader”: un hombre se detiene a comer en un jardín (un oasis en el desierto), arroja el hueso de un dátil, y ve que “un gigantesco genio aparece ante él, con una espada en la mano, se acerca y le dice:
»-Levántate que te mataré, igual que tú has matado a mi hijo.
»-¿Y cómo lo he matado? -pregunta el mercader.
»-Cuando arrojaste el hueso del dátil -respondió el genio-, éste golpeó el pecho de mi hijo que pasaba por allí y murió de inmediato.”
Aquí aparece la culpa del inocente (al igual que en el destino de las jóvenes casaderas del reino) y al mismo tiempo el nacimiento de un hechizo: convertir un pensamiento en una cosa, hacer que lo invisible cobre vida. El mercader pide piedad y el genio acepta posponer la ejecución, pero exactamente un año más tarde debe volver a ese mismo lugar, donde el genio cumplirá con la sentencia. Ya se vislumbra un paralelismo con la situación de Scherezade, ya que ella también pretende retrasar su ejecución.
Sembrando aquella idea en la mente del rey, defiende su caso, aunque de tal forma que el rey no lo sospecha; pues ésta es la función del cuento: hacer que un hombre vea una cosa ante sus ojos, mientras se le enseña otra distinta.
Pasa el año y el mercader, fiel a su palabra, vuelve al jardín, donde se sienta y comienza a llorar. Entonces pasa por allí un anciano tirando de una gacela con una cadena y le pregunta al mercader qué le ocurre. El anciano se queda fascinado con la historia del mercader (como si su vida fuera un cuento, con un comienzo, medio y final, una ficción creada por otra mente; y en efecto así es) y decide quedarse a esperar a ver qué sucede. Entonces pasa otro anciano con dos perros negros, la conversación se repite y él también se sienta a esperar. Enseguida aparece un tercer viejo, tirando de una mula moteada y la historia se repite una vez mas. Por fin aparece el genio en “una nube de polvo y un enorme torbellino que surge del corazón del desierto”, y justo cuando está a punto de decapitar al mercader con su espada, el primer anciano da un paso al frente y le dice:
“-Si te cuento una historia sobre esta gacela, ¿me darás un tercio de la sangre del mercader?”
Aunque parezca sorprendente, el genio acepta, del mismo modo que el rey ha aceptado escuchar el cuento de Scherezade, de buena gana y sin dudarlo.
Hay que destacar que el anciano no intenta defender al mercader tal como sucedería en un juzgado, con argumentos, ideas y pruebas. Eso haría que el genio observara lo que de hecho ya ve, y él tiene una idea formada sobre ese asunto. Por el contrario, el anciano desea alejarlo de los hechos y de la idea de la muerte, deleitándolo (literalmente, engatusar, del latín delectare) con una nueva idea de la vida, que más adelante lo hará renunciar a la obsesión de matar al mercader. Una obsesión como ésta lo encierra a uno entre los muros de su soledad y no le permite ver otra cosa que sus propios pensamientos. Un cuento, sin embargo, al no ser un argumento lógico, rompe esos muros; da por sentada la existencia de otros y hace que el que escucha se ponga en contacto con ellos, al menos en sus pensamientos.
El anciano se enfrasca en un relato descabellado:
“-Esta gacela que ves aquí -le dice-, en realidad es mi esposa. Durante treinta años vivió conmigo y en todo ese tiempo no pudo tener ningún hijo. -(Otra vez la alusión al niño ausente, el niño muerto, el que no ha nacido, que devuelve al genio a su propio dolor pero a su vez, de forma indirecta, a un mundo donde la vida y la muerte son equivalentes.)- Así que tomé una concubina y tuve con ella un hijo como una luna llena, con ojos y cejas de perfecta belleza...”
Cuando el hijo tenía quince años, el anciano se fue a otra ciudad (él también es un mercader), y en su ausencia, la esposa celosa se sirvió de la magia para convertir al niño y a su madre en un ternero y una vaca. Cuando regresó, la mujer le dijo: “Tu esclava murió y su hijo huyó”.
Después de un año de duelo, la vaca fue sacrificada, según los planes de la esposa celosa, pero cuando el hombre estaba a punto de matar al ternero, no pudo hacerlo.
“-Y cuando el ternero me miró, rompió su cuerda, se aproximó a mí y gimió y sollozó, hasta que me compadecí y dije: “Traedme una vaca y dejad ir a este ternero .”
Más adelante, la hija del pastor, también versada en el arte de la magia, descubrió la verdadera identidad del ternero y lo devolvió a su estado natural después de que el mercader le concediera dos deseos (casarse con su hijo y hechizar a la esposa celosa, convirtiéndola en un animal, para “estar a salvo de sus brujerías”). Pero la historia no acaba allí:
“-La esposa de mi hijo vivió con nosotros días y noches y noches y días -continuó el anciano-, hasta que Dios se la llevó; y después de su muerte mi hijo salió de viaje rumbo a la India, la tierra de donde viene este mercader; y más adelante yo cogí a la gacela y viajé con ella de un sitio a otro buscando a mi hijo, hasta que el azar me llevó a este jardín donde encontré a este mercader llorando. Esta es mi historia”.
El genio reconoce que es una historia maravillosa y le promete al viejo la tercera parte de la sangre del mercader.
A su vez, los otros dos viejos le proponen el mismo acuerdo al genio y comienzan sus relatos de forma similar:
“-Estos dos perros son mis hermanos mayores -dice el segundo anciano.
»-Esta mula era mi esposa -dice el tercero.”
Estos enunciados revelan la esencia de todo el plan, pues ¿qué significado tiene el hecho de mirar algo, un objeto real perteneciente al mundo real, por ejemplo un animal, y afirmar que en realidad es otra cosa? Es igual que decir que cada cosa tiene dos vidas simultáneas, en el mundo y en nuestra mente, y que negar cualquiera de las dos es como matarla en ambas vidas a la vez. En los relatos de los tres ancianos hay dos espejos enfrentados y cada uno refleja la luz del otro. Ambos están encantados, son reales e imaginarios a la vez, y cada uno de ellos existe gracias al otro. No cabe duda de que se trata de una cuestión de vida o muerte. El primer anciano ha llegado a aquel jardín en busca de su hijo, mientras que el genio ha ido a vengar al involuntario asesino de su hijo. Lo que el anciano intenta decirnos es que nuestros hijos siempre son invisibles. Es la verdad más simple: la vida pertenece sólo a aquel que la vive; la vida misma se encargará de reclamar a los vivos; vivir es dejar vivir. Y al final, gracias a estos tres relatos, el mercader salva su vida.
Así es como comienza Las Mil y una noches. Al final de esta crónica, cuento tras cuento, se obtiene un resultado concreto que da lugar a la inmutable solemnidad de un milagro. Scherezade le da tres hijos al rey y otra vez la lección se vuelve clara. Una voz que habla, la voz de una mujer, contando cuentos de vida y muerte y del poder de dar vida:
“-¿Puedo pedirte un favor, majestad?
»-Pídelo, oh Scherezade -respondió él-, y te será concedido.
»-Traedme a mis hijos -les dijo ella entonces a las criadas y los eunucos.
»Se los trajeron de inmediato, y eran tres niños varones; uno caminaba, otro andaba a gatas y otro aun mamaba del pecho. Ella los cogió y poniéndolos frente al rey, besó el suelo y dijo:
»-¡ Oh, rey de todos los tiempos, éstos son tus hijos! Te ruego que me perdones la vida, por el bien de estos niños.
»Cuando el rey oyó esas palabras, comenzó a llorar. Abrazó a los pequeños entre sus brazos y declaró su amor por Scherezade.
»Entonces decoraron la ciudad de forma grandiosa, como nunca se había visto antes, y sonaron los tambores y las gaitas, mientras todos los bufones, los saltimbanquis y los músicos desplegaron sus diversas artes y el rey los llenó de regalos y dádivas.
Además dio limosna a los pobres y necesitados y fue generoso con todos sus súbditos y la gente de su reino.” 



viernes, 31 de agosto de 2018

Keizan Jokin sobre la vacuidad

No busquemos ni esperemos nada.
Ni budas ni demonios que nos puedan sorprender.
No seamos inquietados ni atemorizados.
Contemplemos el monte, vivamos en el monte.
Contemplemos el arroyo, vivamos en el arroyo.
Queramos acostarnos y acostémonos.
Queramos levantarnos y levantémonos.
No amemos ni odiemos los sonidos.
No amemos ni odiemos las formas.
Como el reflejo de la luna en el agua.
Como un rostro en un espejo,
que sigue siendo luna,
que sigue siendo rostro,
el Dharma no se turba.
La palabra es como el croar de las ranas.
El silencio es como una columna.
Sin miedo del infierno ni deseo del paraíso,
abarquemos todo el cosmos.



martes, 14 de agosto de 2018

"Lo que nos gusta es otro de nuestros sentidos"; Luis Pescetti

En relación a la cantidad de veces que escuchamos
“No se puede hacer siempre lo que te gusta”, corregimos:
hacé siempre lo que te gusta.
No dejes de hacerlo cuando no salga como querés,
cuando lo que te gusta fracase o no tenga la respuesta esperada.
No dejes de buscarlo porque queda lejos
o parezca un gran desafío, o porque se pone difícil.
Hacé lo que te gusta y de la mejor manera posible, no chapuceramente.
Aprendé el oficio, sé un buen fan de lo que te gusta.
Hacelo y contagiá a los demás,
convencelos de lo que te gusta.
Trabajá de lo que te gusta; pero, si no es posible hoy, fijate qué podés hacer
para que hoy te guste hacerlo… no digamos todo el día
pero sí una buena media hora que irradie energía
al resto de la jornada
(por lo menos dedicale el día a quien te gusta).
Mientras, seguí puliendo lo que te gusta,
seguí entendiéndolo,
fiel, tenaz y amorosamente.
La naturaleza, o quién sea si creés en algo, nos dio eso, el gusto,
para guiarnos en lo infinito.
No es un capricho, es un mapa,
es otro de nuestros sentidos,
otra piel, otros oídos.
No lo traiciones, ni dejes que sea tu tirano,
como no idolatrás a tus ojos
ni te los tapás para salir a la calle.
Lo que te gusta es algo inquieto, se mueve,
no se lleva bien con las repeticiones, ni siquiera de sí mismo.
Agotá lo que te gusta y seguí adelante, si es el caso; pero
tampoco tengas miedo de quedar atado a alguien.
Permanecé,
sé fiel a quien te gusta.
El gusto es un pozo profundo.
Nos acostumbramos a que los titulares sean más grandes
a medida que crecen las ofertas,
pero esto es distinto: no va a levantar su voz evidente.
Sólo porque viaja como la luz de una estrella
en ocasiones de milagro la distinguimos
en medio de tantos brillos del mundo.
Lo que nos gusta
es la luminosidad de nuestras estrellas.
Sabremos guiarnos con ellas
hacia ellas.


lunes, 6 de agosto de 2018

"Y un día Nico se fue.."; Osvaldo Bazán

Durante años, cada noche, después de ver juntos la novela brasilera que seguíamos por la tele, poníamos un disco, yo corregía los ejercicios de literatura o preparaba alguna clase y él estudiaba. Tan unidos estuvimos que a veces, él corregía los ejercicios de mis alumnos y yo me entretenía con sus libros mientras tomábamos termos y termos de mate amargo hasta que uno de los dos levantaba la vista ya cansado de tanto leer y decía que bueno, que basta por hoy. Entonces quizás nos dábamos un beso y nos íbamos a acostar.
En los seis años de romance todas las noches que dormimos juntos, nos acostamos al mismo tiempo. Nunca se nos hubiera ocurrido que uno se fuera a dormir y el otro se quedara haciendo algo en el comedor.
No, no sé por qué, pero fue así.
Nos daban ganas de dejar todo e ir acostarnos juntos. Y hacer chistes sonsos en la cama hasta caer rendidos de sueño.
O ser el primero en pedir: “¿Me traés un vaso de soda rebajada con un poquito de agua?”.
Y después otro beso.
Y después jugar a escribir letras de canciones de Los Redonditos de Ricota. (Teníamos una, Yo morderé tu empanada turca, que nos hacía morir de risa.) Teníamos un juego que era el de buscar nombres para hipotéticas autobiografías. Yo me acosté con cada cosa era una buena. Nico quería que su autobiografía se llamase ¿Qué mirás, puto dé mierda? A mí el título me parecía vendedor solo que un poco fuerte para el mercado editorial del país.
Y un poco de sexo tranquilo y suave con la piel tersa y descansada.
Con los brazos rodeando los brazos y las piernas memorizándose, mientras la ciudad se mandaba a guardar para volver a ponerse en venta al día siguiente. Y quizás despertarse de madrugada y acurrucarse frente al cuerpo caliente del otro, la mejor comprobación de que no estabas solo.
De que eras algo para alguien. 
De que alguien en el mundo pensaba en vos. 
No, no es que esté triste. 
A mí Gustavo ya me lo explicó. 
Lo que pasa es que tengo problemas para enfrentar la realidad. 
La realidad es que ahora duermo solo. 
Y me aburro. 
Y no tengo con quién inventar canciones de los Redonditos ni autobiografías truchas. 
Pero sacando ese problema lo demás todo bien. Claro que todo lo demás me importa un carajo, pero eso lo estamos trabajando con Gustavo dos veces por semana. 
En serio, yo creo que no me falta mucho para el alta.



jueves, 2 de agosto de 2018

Zen a la luz de la luna

La experiencia de la iluminación ni quita ni pone nada a lo real existente.
Solo lo ilumina.
Un poema zen dice:


"Durante toda la noche
la sombra del ciprés
ha barrido el patio del templo
sin levantar una sola mota de polvo.
Gracias a la luz de la luna."